16 diciembre 2014

Platón y el bufete del desayuno

Los bufetes de los hoteles son peligrosísimos. Pero no por lo que están pensando. Ponerse las botas hasta no poder levantarse de la mesa no cuenta. Que nuestro vaquero tenga el botón de la cintura a punto de saltar solo tiene consecuencias para nosotros...  y tal vez para quien se siente delante. Son un peligro por razones humanitarias.

Hay comportamientos difíciles de creer si te los cuentan y no los has visto. Y nada tiene que ver con el número de estrellas del alojamiento. Creo que es un problema de filosofía. Sí, ni siquiera de educación. Creo que es Platón quien distingue entre nuestro alma racional y nuestro alma irascible y concupiscible. Pues bien, un bufete, y sobre todo si es el del desayuno, es el escenario perfecto para dejarnos dominar por las dos últimas...  Y tan contentos, oigan. Que nos quedamos tan anchos.


Voy a poner ejemplos, por si no se sitúan. Porque no es un asunto de cuánto nos pongamos en el plato, sino de todo lo que rodea ese hecho. Empezando por la primera elección, la de en qué mesa sentarse. No sé cómo lo hará el primero que llega, obviamente nunca he sido yo ni he estado allí para verlo. Pero sí he visto cómo lo hacen algunos. Está el que se empecina en una mesa y le da igual que haya diez más vacías y preparadas. Se ha encariñado de esa y la quiere. Si está ocupada es capaz de esperar lo que haga falta.

¿Y si no? Si no, se coloca al lado de una silla en espera del 'muchacho' para que se la despeje. Y que no ose el camarero a intentar convencerle de que escoja cualquiera de las que ya están listas. Pueden pasar dos cosas: la primera, que amablemente diga que prefiere esa y se quede plantado hasta que esté lista; o que le tome por un vago y le diga cualquier estupidez que se le pase por la cabeza en ese momento... si no le pide la hoja de reclamaciones. Mientras tanto, eso sí, su acompañante ya está fisgando las bandejas de viandas, plato en mano, después de haber dejado el zumo sobre la mesa para reforzar la idea de que no piensan dar un paso atrás en su firme decisión de sentarse ahí. Caiga quien caiga.

Este comportamiento me produce un poco de risa. Son cosas como de críos. Y quien más quien menos lo hemos experimentado. ¿A quién no se le ha antojado la mesa de la ventana? Otra cosa es cómo llevemos a cabo nuestro plan para obtenerla. Muchos, ante la primera recomendación amable del profesional que se encarga de sentarnos desistimos y punto. Pero hay otros que me dejan perpleja.



No entiendo, por ejemplo, a 'el cara vinagre'. Es esa persona que recorre las zonas donde están los productos para el desayuno y todos le desagradan. No hay uno solo (y ya puede ser un bufete inmenso que uno chiquito) que le agrade. El café es aguachirri (ahí puede que tenga razón en un noventa por ciento de los casos, lo admito), el pan está demasiado cocido (o en su defecto, está demasiado blanco), no hay bollos con semillas de amapola, el tostador hace mucho ruido, los cereales no crujen, el colacao vienen en tarro sin marca, faltan los 'cheerios', hay pavo y jamón york, pero no mortadela, el jamón es regulero, la fruta está fría de nevera, falta el pomelo, la mantequilla no es de la marca equis, el zumo natural tienen pulpa... Vamos, que no hay nada que no tenga alguna pega.

Luego, llega 'el amargao', que es aquel que no puede (o no quiere, eso no lo tengo claro) comer todo lo que le gustaría y siempre elige lo mismo. Su cara es un poema al ver el despliegue de viandas. Le desagrada la variedad (¿demasiada tentación, tal vez?). Así que como falte algo de lo que él si puede/quiere comer, prepárense. Va a quejarse hasta a Bergoglio si hace falta. Y le da igual si un camarero rellena la bandeja ante sus morros en plena queja. Siempre llegará tarde, pese a las disculpas. Parece mentira que el mundo no se dé cuenta de que es lo único que come... Claro, se me olvidaba que cada hotel tiene que saber que al 'amargao' no puede faltarle el producto equis. Total, solo hay cuarenta millones de españoles.


También está 'el migas', que viene a ser aquel que quita la ídem del pan cuando lo corta en la mesa dispuesta para tal fin, pero que en vez de dejarla en su plato y llevársela a la mesa (aunque no se la coma), la deja allí, al lado del resto de barras y del cuchillo. Algunos tienen hasta la ocurrencia de amasarla y hacerla una bolita, para que haga bonita. Otros, que no encuentran qué hacer con ella, la posan en una esquina mirando a ambos lados por si alguien le ve y le llama la atención. En el fondo, estos últimos me producen ternura, pobres, saben que está mal, pero no saben cómo resolver el asunto... A lo mejor los responsables del bufete deberían poner algún tipo de contenedor para desechar la miga (aunque para mí sea lo mejor de pan).

Existe, por supuesto, 'el 007'. Pero no se equivoquen, no le apodan así por su parecido con Daniel Craig, sino por su actividad investigadora. No para de hacer preguntas sobre la comida. Por ejemplo, con qué harina se hace el pan, si el bizcocho lleva canela o anís, de qué tipo son los huevos, si el embutido lleva lactosa, si hay leche desnatada, si las tostas de arroz son integrales... A veces lo hacen por pura curiosidad e, incluso, por tener conversación con los camareros, porque no se les ve afán de maldad alguno. En otros, lo hace por su propia seguridad, sobre todo si tiene alguna intolerancia alimentaria o alergia... pero hasta que lo confiesa, la gente le mira un poco raro ante el cuestionario al que somete a todo aquel profesional que se le acerca.

Y, por último, está 'el despistado'. Es ese que se levanta de la mesa tres millones de veces porque no es capaz de cogerlo todo de un golpe o porque va descubriendo, según ve pasar al resto de clientes, que hay más cosas en el bufete que no ha visto y le apetecen. También es esa persona que para llenar el plato se pasea arriba y abajo porque no recuerda donde vio tales cosas. Tanto es así que a veces se va dejando dicho plato por las esquinas y ni se acuerda. Además, el camarero siempre tiene que seguirle cuando abandona el salón con la barriga llena porque se ha dejado la chaqueta, el móvil, la cartera y hasta la llave de la habitación. Tal vez deberían mejorar el café de los bufetes porque se ve que mucho efecto no le hace.

Una foto publicada por @farandwell el

06 diciembre 2014

El día en que vives

No saber en qué día vives. Esto es lo que significa estar de vacaciones. Hoy es sábado, 6 de diciembre. Festivo. Día de la Constitución. Lo sé ahora, pero ayer tarde no tenía ni idea. Nos lo dijo el hombre que nos alquila el coche con el que, espero, lanzarme a hacer algunos kilómetros. Estoy de vacaciones, sí. Y he vuelto al mismo lugar de hace un año. Lanzarote.

No vengo a tostarme al sol. Ni a tirarme a la bartola en el solarium-piscina del hotel. Vengo a desconectar y a pensar en solo una cosa: qué deporte voy a hacer hoy. He corrido por la isla. He andado en bici por alguna de sus carreteras (de hecho, el año pasado me sirvió para descubrir que me gustaba). Y en esta ocasión la prioridad es nadar. Palabras mayores.

De momento, he dado veinte brazadas seguidas en la orilla. No estoy para más. El agua sigue dándome miedo si no hago pie. Y el mar me ahoga solo con verlo. Pero ahí vamos. Hoy ha sido mi segundo día y he avanzado un poco más que ayer. Eso sí, que nadie se alarme, voy con neopreno. Eso significa dos cosas: que no paso frío (el Atlántico es el Atlántico) y que floto más que sin él.

Otra de mis preocupaciones es responder a una seniclla pregunta. Cuántas páginas voy a pasar con Kostas Jaritos ese día. Por lo menos hasta que se me acabe su última aventura, que, por cierto, es la primera. Por si acaso, me he traído una de Henning Mankell. Todavía me acuerdo de hace casi siete años. Entonces leí aquí (bueno, un poco más al norte), Lanzarote, del acutal enfant terrible de las letras francesas, Michelle Houllebecq. Cómo me gusta este autor.

26 noviembre 2014

Atrezzo de un shooting



El día que se rompió aquella taza, al caerse de sus manos enjabonadas, se quebró parte de su historia. No tenía mucho apego por los asuntos materiales, cosas de haberse mudado quince veces en los últimos diez años. Pero ella le había acompañado desde que la encontró en la estantería de aquella tienda que lo mismo te vendía una bufanda de lana merino que una crema de rosa mosqueta orgánica y olía como una iglesia en Semana Santa.

Un tiempo después la descubriría en una de sus películas favoritas, 'Love actually'. Era la que usaba el escritor para beber su té en su retiro peninsular, cuando el viento le vuela todas las cuartillas donde había vomitado la novela que le llevó hasta allí. Ahora, echa añicos sobre el suelo de cerámica gris parecía el atrezzo de uno de esas sesiones de fotografía (o shooting como le llaman algunos) que luego ilustran el catálogo de ropa de alguna marca que intenta venderse como moderna, transgresora, rebelde y todas esas cosas que molan a los 16.


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