febrero 11, 2014

16 alertas en 40 días

Acaban de decir en las noticias que en el norte llevamos 16 alertas en 40 días por mal tiempo: lluvia, viento, nieve, frío... Y sí, llevamos una entrada de año muy inestable en lo meteorológico. Pero me sorprende que sea noticia. Al menos todos los días. Hasta hace poco -o eso creo- las conversaciones del tiempo eran propias de los censores. Ahora no, en la radio, en la tele y hasta en los periódicos son noticias de impacto.



¿Es el nuevo opio para el pueblo, después de que el fútbol crispe más que distraiga? Además, sale tan barata... es que a veces no hay ni que moverse de la silla de la redacción. Basta con levantar un teléfono, robar un par de fotos de Twitter, descargarse clips de Youtube y pedir la colaboración de los ciudadanos... Porque sí, el periodismo también esta de rebajas y en crisis.

Por eso, en días como éste me acuerdo de Benedetti, de García Márquez y de Fallaci. Y de todos esos colegas que tienen la oportunidad y la valentía de hacer el periodismo en el que creen, con la complicidad de sus jefes y el respaldo de sus editores. Que no siempre es irse a primera línea de un conflicto internacional. A veces basta con moverse un par de metros y mirar a los ojos de la gente normal, protagonistas de más historias de las que creemos.








febrero 05, 2014

2014

Llevamos más de un mes de un año nuevo y yo todavía no he escrito mis propósitos ni me he comprado una agenda nueva. La pereza, supongo. Y que tampoco he encontrado la libretita definitiva -que luego dejaré deliberadamente olvidada en una balda de la habitación pero me seguirá pareciendo preciosa-.

Sin embargo, creo que ha llegado el momento de organizar qué quiero conseguir en los próximos doce meses. Así que allá voy (aunque luego no lo cumpla ni el primer día). Y que nadie se sorprenda. Hay de todo y muchos lugares comunes porque sí, yo soy así, una oveja más del rebaño a la que, a veces, le salen manchas negras.

- Ser más constante con los blogs. Me lleva tiempo, pero tengo que hacerlo. No por obligación ni por los que me leéis (que a estas alturas dudo que seáis muchos), sino por mí. Porque ambos espacios me sirven para limpiar el cielo de nubes grises y ver mucho mejor los caminos que se abren frente a mí. Con La cocina... soy algo más disciplinada, aunque creo que todavía puedo mejorarlo mucho. Pero con éste soy un absoluto caos y si no escribo no es por falta de historias, precisamente. A lo mejor, eso sí, no todas requieren un desarrollo de tres párrafos. Ya veremos.



- Sacudirme la pereza y seguir corriendo. Sí, después de hacer los 10k de San Sebastián (que acabé muy por debajo de lo que yo misma esperaba), he continuado zapateando. De hecho, me fui de vacaciones a Lanzarote para seguir corriendo en manga corta y el último finde del año hice mi primera carrera de 12k (que completé a buen ritmo). En marzo ya me he apuntado a mi primera media maratón. Así que no tengo excusas para no salir a entrenar.



- Aprender a andar en bici con calas... y sin caerme. Después de mi fallido y desastroso intento de agosto con mi bici de montaña no he querido saber nada del asunto. Pero no puedo esconderme más. Sobre todo porque en unos días llegará mi gran regalo de Reyes: una bici de carretera. No sé cómo se me dará el asunto, pero habrá que intentarlo. Al fin y al cabo, el día que alquilamos una en La Santa para mí me lo pasé de miedo. No veo porque no podría repetirse en casa.



- Ser capaz de conducir. Ajá, tengo carnet desde hace más de once años y solo he cogido un coche en contadas ocasiones. La última vez, hace casi seis años. Ahora puedo decir que no tengo ni idea de llevarlo. Me falta mucha seguridad. Así que habrá que dar unas clases en alguna autoescuela para poder llevar a Sato... o el que sea. Y esto debería ser más pronto que tarde. Porque esta batalla es muy vieja: es el lastre de un pasado muy feo del que he conseguido despegarme y al que ahora solo me une esto. Además, si pueden hacerlo otros, ¿por qué no yo?



- Cambiar mi política de compra de ropa. Con la de deporte ya lo he hecho: mejor menos cantidad pero buena. Sin embargo, con la de vestir sigo llevándome dos camisetas que me duran sin agujeros dos lavados en vez de cogerme una mejor, con más estilo, aunque me cueste más del doble. Habrá quien piense que es absurdo, porque las modas pasan cada vez más rápido, pero echando un vistazo a mi armario, sigo poniéndome cosas de hace cinco sin que den el cante, luego no soy una 'fashion victim' de manual, así que eso no me preocupa. Ahora, tampoco voy a perder la cabeza: ¿cuándo va a estallar la burbuja de los precios en el sector textil?



- Sonreír más (y ser más positiva). Me cuesta mucho porque le doy mucha importancia a cosas que debería relegar a otros lugares en mi escala de preocupaciones. A veces me cuesta aceptar algunas. En otras ocasiones me llevan los nervios (o los demonios, como dicen en mi familia). Pero no puede ser así. Sé quién soy y cómo soy. Y no creo que esté tan mal. Tengo gente que me quiere mucho, y a la que yo he elegido. Y otros que no tanto, y que me han tocado. Es lo que hay. Hay males necesarios.

- Hacer cosas que me gusten. Parece una perogrullada, pero no lo es. Nunca encuentro tiempo para apuntarme a esos talleres o cursos que me gustan. Muchas veces porque no me planifico mis días libres. Por pereza o por procrastinación. Y eso no puede ser. Porque me encierro en mi castillo y no abro ni las ventanas. Y en esta vida se necesita luz y que el viento te golpee la cara de vez en cuando.



- Leer más. Siempre he sido una gran lectora. Desde muy niña. Era capaz de atender a la tele y a la vez devorar libros infantiles. Ahora me cuesta. Creo que me pasa factura el hecho de pasarme todo el día leyendo cosas en el trabajo. Y como salgo de currar de madrugada, meterte a la cama con un libro es complicadísimo. Leo dos páginas y se me cae encima. Luego, durante el día, la vorágine de las cosas por hacer me pone difícil sacar tiempo. Pero algo tendré que hacer, aunque solo lea dos páginas al día. Pero piedra a piedra se hizo la pirámide.



Algunos ya he empezado a cumplirlos. Veamos lo que me dura. Pero soy bastante cabezota, así que si me lo propongo en serio será difícil que se me resistan.

noviembre 22, 2013

Correr o volar

Faltan dos días para que haga mi primera carrera de 10 kilómetros. Es una cita importante para mí. Llevo entrenando en serio bastante tiempo. Así que espero hacerlo bien. Eso no significa que vaya a hacer un tiempazo. Mi objetivo es acabarlo en menos de una hora, que es el límite que ha puesto la organización. Pero estoy nerviosa. Porque no quiero salir rápido y desfondarme, ni dormirme en los laureles por conservadora. 

Hace mucho que corro. Empecé hace ocho años más o menos. Pero no he sido regular. Recuerdo que cuando me puse el chándal (sí, yo corría con chandal, que las mallas son algo reciente) los primeros día solo quería correr para escuchar música y estar a solas, sin más ruidos. Era una época de locura, con trabajo a salto de mata y poco dinero en el bolsillo. Pero feliz. Muy feliz. Vivía en una casa estupenda y con unos compañeros estupendas. Por supuesto, no llevaba pulsómetro ni sé cuánto ni a qué velocidad corría. 

Luego lo dejé. No sé por qué. Y me mudé. Al sitio donde estoy ahora. Me volví vaga, o bueno, volví a mi ser. Hasta que me dio por ir a un gimnasio -ahora es otro más divertido- y empezar con una rutina deportiva que mantengo hasta hoy. Serán unos cinco años los que llevo haciendo deporte entre tres y cinco días a la semana. Cuando me sentí en forma, volvía a ponerme mis zapatillas de correr y a hacer kilómetros. Pocos. Lentos. 

No tenía objetivo. Más allá de ir sumando kilómetros. Hacía entre cinco y seis. Siete fue mi récord. Me compré nuevas zapatillas, después de hacerme un leve estudio de pisada. Y entonces mis rodillas dijeron basta. No sé la razón exacta. El fisioterapeuta me dijo que desgaste. Y volví a guardar mis zapatillas y a buscar clases que me ayudaran a reforzar toda la musculatura de las piernas.





Hace unos meses (creo, las fechas no las tengo muy claras), empecé de nuevo. El primer reto eran tres kilómetros sin dolor. Poco a poco he ido sumando metros y acelerando el paso. Perfeccionando la técnica, combinando el entrenamiento en la calle con clases de todo tipo -las últimas incluye pesas y trabajo de brazos-, alimentándome mejor... Y obteniendo resultados. Discretos para cualquiera que sepa un poco, pero hazañas para mí.




En octubre hice mi primera carrera. La pirata de la Media Maratón Nocturna de Bilbao. Siete kilómetros, Mi objetivo era bajar de 42 minutos. Y mi superobjetivo, de 40. Y al final hice 39:47. Y me sentí poderosa. Acabé feliz y esprintando. Días más tarde me apunte a la que voy a hacer el domingo. Los 10 kilómetros de la Maratón de San Sebastián.




Estoy nerviosa y tengo miedo de no lograr mi objetivo. Pero también me muero de ganas de ponerme las mallas, la camiseta cortavientos y echar a correr bajo la previsible lluvia. Sé que estaré a la cola al principio y al final. Que me rodearán gacelas y liebres, pero no me importa. Estoy solo en el principio de un camino que esta vez no pienso dejar. 

De hecho, en mi calendario ya hay dos fechas más marcadas. El último fin de semana del año, 12 kilómetros. Las Arenas-Bilbao. Ahí no tengo objetivos. Si acabo en 1:12 hago la voltereta, pero no me importa si lo hago en hora y media. Y luego está la Media Maratón de Santander, que seguramente se celebrará el primer fin de semana de marzo. Este sí que es mi gran reto. 21 kilómetros  y, si puede ser, en menos de dos horas. Para ello tengo que hacer los primeros diez en 50 minutos. 

Veremos si voy cumpliendo marcas o no. Pero lo más importante es que me gusta. Correr me da luz. Me siento fuerte, poderosa, como si volara. Todo lo malo se reduce y lo bueno fluye. Acabo roja -de frío, de calor, de lo que sea- pero con una sonrisa de oreja a oreja. Y con ganas de cantar como si no hubiera un mañana. Serán las endocrinas, pero el mundo es más bonito cuando me calzo las zapatillas y salgo a correr. Aunque caigan chuzos de punta. Que aquí, en el norte, es muy común.

septiembre 02, 2013

Septiembre y galletas

Volví al trabajo hace un mes, pero no sé por qué hoy estoy como de bajón. Creo que ver tantos post de 'rentrée' me ha trastocado. Aunque el día ya empezó un poco torcido desde el principio porque me dormí. Tenía que haberme levantado para ir al gimnasio a la hora de la clase a la que me había apuntado y me venció el sueño. Dije eso de cinco minutos más y fueron 40. Resultado: hoy no hay deporte.

Al menos he aprovechado el tiempo. Yo no uso agenda. Me encantan y más de una vez me he comprado una, pero al final acaban en la mesilla o en el cajón de la oficina con las páginas en blanco. Tampoco me apunto las cosas en el móvil, me cuesta más eso que lo anterior, todo hay que decirlo. Sin embargo, en agosto me hice con el planificador semanal de Mr Wonderful (¡cómo me gustan las cosas de estos diseñadores!) y, de momento, le voy dando uso.



La explicación es fácil. Necesito organizarme día a día para que todo marche. Mis horarios de trabajo algo atípicos me obligan a cocinar comida y cena por las mañanas y, además, he incorporado el deporte como una rutina importante y casi diaria. Con lo cual, los domingos por la tarde o lunes por la mañana me dedico a pensar qué voy a comer a lo largo de los siguientes cinco días y qué deportes voy a hacer durante los mismos. Así no dejo nada a la improvisación ni doy pie a buscarme excusas para no hacer algo.

No voy a decir que es fácil. Porque no me lo resulta. No madrugo en exceso para que la última hora en la oficina no se me haga dura y eterna. Y me cuesta mucho salir a hacer la compra con el tiempo contado. Pero poco a poco vamos consiguiendo encajar las piezas del puzzle al que, por cierto, suelo añadir algún que otro reto más, como cuidar el blog de cocina (del que estoy muy orgullosa y que me llena de ilusión cada día) y no dejar definitivamente éste, atender asuntos de trabajo fuera de horario (es lo que toca), ordenar y reordenar los trastos que se acumulan en esta minicasa, seguir practicando mi afición por la fotografía, atender el reto #FMSphotoaday (que podéis seguir a diario aquí y aquí, y que una vez al mes colgaré en este espacio)...



Para esta nueva temporada tengo un par de ellas más, pero no voy ni a mentarlas porque la experiencia me dice que solo hay que contar las cosas que ya estén sucediendo. Lo otro son cuentas de la lechera que no vienen al cuento. Y es así. Además, permitidme la superstición, esos planes acostumbran a gafarse si los revelas antes de tenerlos atados. No obstante, tendréis noticias de todo eso que me ronda la cabeza.

Lo que sí tengo claro es que este blog tiene que crecer y romper esas reglas que yo misma le creé cuando nació. Porque ya no soy la misma. O mejor dicho, sí lo soy, pero tengo más cajones y compartimentos. Algunos más profundos y otros totalmente superficiales, pero todo eso soy yo. Y me gusta. Sí. Probablemente mejoraría algunos aspectos, pero en el fondo me gusta. Que es mucho decir para alguien tan inconformista y perfeccionista como yo. Y si no, siempre hay galletas...



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agosto 23, 2013

De norte a sur y a norte. Capítulo II. Surcando las dos Castillas

El martes amaneció hermoso. Vamos, que no había una sola nube en el cielo, lo que suponía una novedad interesante después de semanas de verano-invierno. Nos levantamos pronto. Antes de que sonara el despertador ya estábamos despiertos. Desayunamos como siempre y a mí me dio tiempo a dejarlo recogido sin prisas. Cogimos las maletas y cerramos la casa. Habíamos dejado el coche en la calle de atrás, aparcado junto a un contenedor de vidrio para facilitarnos la labor de meter las cosas. Dejamos los macutos y sacamos las bicis del garaje. Las metimos dentro bien colocaditas y sujetas. Tocaba cargar el cedé. Elegimos cinco y arrancamos.

Mientras salíamos de la ciudad yo puse el regalito que le habíamos comprado a Sato: un pino. Ajá, somos unos clásicos y el día anterior habíamos cogido un ambientador con solera. Somos así... De 'freakies'. Ya os lo he dicho. Por delante nos quedaba una buena cantidad de kilómetros. Habíamos partido el viaje de ida en dos y elegimos Cuenca para hacer noche. No conocíamos la ciudad y habíamos hablado más de una vez de ir.



En esta casa conduce el hombre de la casa. La mujer, o sea yo, soy una inútil que se sacó el carné hace doce años y no ha vuelto a coger un vehículo. Además, no me atrevo a hacerlo sin dar unas buenas clases de recuerdo, pero como lo voy dejando porque me da miedo... pues así me luce el pelo (pasopalabra, aunque el mes que viene iré a pedir hora a la autoescuela).

La idea era ir lo más directos posible, aunque sin pasar por Madrid. No nos importaba que en ciertos tramos tuviéramos que dejar las autopistas y surcar carreteras menores (siempre y cuando hubiera gasolineras o el depósito estuviera lleno). Por eso salimos en dirección Logroño-Soria lo más directo que se podía. El recorrido nos lo conocíamos de algunas excursiones, así que no nos importaba perdernos algo. La primera parte de la mañana fue tranquila. Había poco tráfico y eso lo agradecimos. Había que ir cogiendo confianza. El pino de Sato era de los buenos... parecía que estuviéramos lo menos en Las (pobladas y frescas) Landas.

Una vez llegados a la capital riojana pusimos rumbo a Soria. No era autopista, pero sí una carretera más o menos rápida. Con tráfico al principio y más tranquila después. El paisaje hacía ya bastantes kilómetros que se había vuelto más amarillo y plano. Y el calor apretaba con fuerza. Pasada la ciudad, volvimos a la autopista. Primero la A-15 y luego la A-2. Fue en ésta última en la que decidimos que había que llenar el estómago. Intentamos buscar algún sitio donde desviarnos un poco para encontrar algún bar porque no queríamos hacerlo en una gasolinera, pero tampoco sabíamos muy bien dónde.

Medinaceli hubiera sido un buen sitio porque el primer sitio estaba muy cerca de la salida de la autopista y tenía parking... pero eso lo vimos una vez que nos saltamos la salida. Así que enseguida vimos un área de servicio en una zona en obras y ahí que repostamos. El sitio era normal. Una gasolinera con un bar-restaurante de batalla. Era pronto, antes de las dos, y solo había dos mesas más ocupadas: un camionero y una familia de británicos en la que el único que hablaba castellano era el hijo.

Acabado el ágape, tomamos un café con hielo y volvimos al horno... digo al coche (gracias, aire acondicionado). Empezaba la parte más divertida del viaje. Había que llegara  a Cuenca, pero no había autopistas directas. Cogimos la N-204, poco transitada y con sorpresa.  No era un recta interminable, sino que también tenía sus curvas y... su embalse. El de Entrepeñas. Somos muy fans de este tipo de cosas, así que se nos hizo entretenido.



Luego, pusimos rumbo a la ciudad manchega por la N-320. Realmente nuestro destino no era ella, sino siete kilómetros más allá, en dirección al pueblo de Buenache de la Sierra. Al principio, pensamos que pasaríamos el centro urbano de largo. Una lástima, pero ya estábamos con ganas de llegar al destino y aprovechar la piscina que anunciaba el hotel. Pero conforme el GPS iba acercándonos a Cuenca nos dimos cuenta de que íbamos a cruzar todo el casco histórico.

Después de un problema con sus indicaciones ya en pleno callejeo, volvimos a encontrar la ruta... Y yo pasé más miedo que en la montaña rusa. ¿Por qué? Pues porque nos metió por todo el centro antiguo, que eran unas callejuelas empinadas, adosadas y estrechísimas, con semáforos de paso alternativo, autobuses y muuuchos peatones. Y yo llevo muy mal el tema de quedarse parado cuesta arriba y salir embragando y con freno de mano. Ejem.

Después de ¿cinco? minutos que a mí se me hicieron dos horas llegamos a la parte más alta y cruzamos el último arco. Salimos a una carretera de doble sentido pero estrecha. La Cueva del Fraile estaba a siete kilómetros. Fue lo mejor del viaje. La vía serpenteaba por la Hoz del Huécar y dejaba paisajes maravillosos. De hecho, desde alguna recurva se veían hasta las casas colgantes. La estampa de Cuenca era imponente. Volveremos porque nos quedamos con ganas de correr por ella, de hacerla en bici, de pararnos en los improvisados miradores que ahora sí conocemos...

La llegada al hotel fue tranquila. Aparcamos, sacamos las maletas y nos registramos. El sitio era muy interesante. Se trataba de una especie de antiguo monasterio, con varias dependencias. Para ir a ellas había que pasar por el patio, que estaba empedrado, lleno de árboles y hiedra, y recién regado para refrescarlo. Un oasis ante los treinta y muchos grados que hacía. En la parte trasera del edificio estaban la piscina, un bar y un salón para convites. Sin duda es un lugar ideal para 'BBC' o reuniones de grupos grandes de amigos.


Experimentando

Nuestra habitación daba al bosque. Dejamos los bultos y no tardamos en bajar a darnos un chapuzón. Aunque al final nos quedamos en la orilla -cosas de que alguien se olvidara el bañador- con un buen refresco y un libro. En mi caso: 'Nacidos para correr'. El día acabaría en una refrescante tormenta y con una cena reconfortante cuyo postre parecía haber sido cortado por alguien muy de Bilbao. Media sandía me pusieron. Y se quedaron tan anchos. Yo también empezaba a encontrarme ciertamente ancha... y solo era el primer día.



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